No cambiaría el colorido del arcoíris,
ni la calidez de un día soleado,
ni el misterio detrás de una luna llena,
ni el aroma penetrante de un café recién colado.
No cambiaría la blanca espuma de las olas del mar,
ni el momento vivido debajo de la sombra de un árbol,
No cambiaría una mirada furtiva,
ni la emoción contenida en una lágrima derramada,
ni el poderío de una sonrisa.
No bajaría ninguna estrella del cielo,
ni modificaría la solemnidad de una noche serena.
No cambiaría por nada el recuerdo de los abrazos de mi madre,
ni el amparo protector de mi padre.
No cambiaría la candidez de un niño,
ni la pasión de un adolescente,
ni la sabiduría de un anciano,
ni la honestidad de un maestro.
No le agregaría nada a una rosa,
ni intentaría perturbar la danza de las nubes.
¿Por qué habría de variar lo que zarandea mis sensaciones?
¿No representa mi ignorancia, una terrible amenaza?
¿Qué sentido tendría atentar contra la escrupulosa belleza?
Pero sí, ¡hay algo que sí cambiaría!: a mí mismo.
Y mi tarea comienza por reconocer al infinito Creador.
¿Qué hay de ti?
¡Piénsalo bien!
¿Tú qué cambiarías?
Cosme G. Rojas Díaz
20/03/2022

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