De niño tenía una imaginación vertiginosa y mis juguetes eran mis instrumentos para dar rienda suelta a mi creatividad. Soy el menor de una familia de limitados recursos. Mi primer amigo también era el menor de su hogar y el único varón. Su papá lo consentía dándole dinero. Le decía «es para que lo gastes en chucherías». También le decía «no es para que lo derroches en perolitos inútiles». Así que, él adquiría sus muñecos y baratijas a escondidas y los guardaba en mi casa, para evitar los regaños. Sin proponérselo, se convirtió en un inversor para mis delirios.
Con su dinero, comprábamos los muñequitos necesarios para dar rienda suelta a nuestros antojos. Para construir una finca contábamos con granjeros, señoras, niños, caballos, vacas, gallinas, ovejas, bardas y casitas. Guardábamos aquellos juguetes en una caja de cartón; allí reposaban a la espera de los acontecimientos. Antes de cada juego, compartíamos ideas; del cómo sería la granja y el estilo de vida de aquella comunidad. Le poníamos nombres a cada personaje y a los animales; establecíamos los vínculos familiares y les asignábamos sus roles.
Comenzaba el trabajo de crear el escenario del esparcimiento, lo cual hacíamos con esmero e inquietud. Vaciábamos la caja en el suelo desde donde rebotaban los juguetes. El reguero nos generaba confusión. Nos animaba el objetivo de dar orden, sentido y vida a todo aquello. La adrenalina se nos aceleraba. Nos invadía la ilusión. Superábamos los instantes de ansiedad, establecíamos las reglas para dar fluidez al propósito, Toda esa labor resultaba agotadora:
—Coloquemos esto por aquí y aquello por allá, —decía yo.
—¿Dónde ponemos las bardas?, para que las vacas no anden realengas —preguntaba mi amigo.
—Hagamos un corral grande, para que tengan espacio para moverse…
Así transcurría el proceso de armar el juego. En los titubeos y en aclarar los detalles se nos podían pasar hasta un par de horas. Ese tiempo es extenso en la vida de un niño.
Después de esa faena, la escena quedaba lista para comenzar las chiquilladas; pero ya estábamos exhaustos. Mi amiguito perdía el entusiasmo, hacía una mueca de fastidio, se levantaba del pavimento y me dejaba solo. Yo proseguía un rato en mi delirio, sin su acompañamiento. Luego me tocaba dar una última mirada. Miraba a las caras de cada personaje y de cada animalito. Esto era antes de regresarlos a su caja. A esos actores de plástico se les pasaba su vida, mientras nosotros planeábamos las reglas para su convivencia. Poco después de que todo estaba dispuesto para que surgieran los acontecimientos, se terminaba el juego.
¿Cuántos sueños depositados en aquellas maquetas? ¿Cuántas emociones invertidas en aquellos habitantes, en sus animales, plantas y hogares? ¿Cuánta energía empleada para dar sentido a esa comunidad…? Me imaginaba el conversar de sus pobladores. Escuchaba los cantos en el alba, en los quehaceres y en el ocaso. Oía el galopar de sus caballos, el mugido de sus vacas y toros, y el cacarear de sus gallinas… ¡Uh! …Y qué decir de la mansedumbre de sus rebaños? ¿Qué del agitar de colas de sus perros? ¿Y de las zalamerías de sus gatos? Todas esas historias resultaban tan efímeras. Me causaba dolor apagar la alucinación de esos agudos instantes. También me dolía deshacerme de aquel andamiaje.
Inventábamos otras variantes del juego. En ocasiones creábamos circunstancias de guerra con soldaditos con su respectivo arsenal. La experiencia, emociones y sentimientos resultaban semejantes a las anteriores. Mi amigo me dejaba jugando solo. Simulaba peleas cuerpo a cuerpo; confrontando a cada guerrero. Tomaba a cada uno con una mano, acercándolos con rudeza. Emitía las onomatopeyas de una riña. Con cada perdedor emitía un grito final. Luego, hacía un brusco quiebre con mi mano. Así enviaba al perdedor fuera de combate. Usaba canicas como morteros para derribar las barreras. Al final resultaba extenuado y me invadía un aire de desolación. Al concluir la fugaz épica recogía los muñecos. No hacía distinción entre los que quedaban vivos y los caídos en batallas. Miraba las inertes caras de cada uno de los personajes, antes de regresarlos a su caja.
En las fechas decembrinas le prestaba a mamá, algunos de esos jugueticos para completar el nacimiento. Allí recobraban vida los actores y mascotas de mis espejismos. Aunque la ficción me resultaba diferente. La existencia de aquellos poblados se extendía por casi un mes. Al poco tiempo la maqueta se me volvía estática y monótona. Y es que, una vez armado el pesebre, no se me permitía tocar esas piezas. Adquirían un estatus de sagrado e inaccesible.
Al manosear un juguete me transportaba a un ambiente lúdico: a un mundo de entretenimiento. Confieso que extraño esas sensaciones. Es que mi imaginación está vinculada con mis emociones; y desde allí germinan mis ideas.
En mis ratos de aburrimiento observaba cualquier cosa para transformarla. En ocasiones me quedaba mirando al cielo para procesar caras y figuras. La danza de las nubes daba lugar al nacimiento, transformación y desvanecimiento de múltiples perfiles. En las irregularidades del techo de mi habitación descubría y creaba formas. En la oscuridad dónde los colores se desvanecen y los sonidos se agudizan, los árboles se convertían en siluetas danzantes. Disfrutaba de un programa de la televisión del poeta y humorista venezolano Aquiles Nazoa, llamado “Las cosas más sencillas”. En uno de sus episodios hablaba de cómo construir juguetes con los desperdicios caseros. Se valía de carriletes de hilo, paletas de helados, ligas, botones, ganchos, resortes y pabilo; con esos trastos construía carros y avioncitos a propulsión…Aquellas genialidades me ponían en acción y abría mi mente a nuevas posibilidades.
Saliendo de mi infancia advertí que los juegos ya no eran bien visto por “la gente grande”. Me sentía presionado a renunciar a mis aventuras y a enfocarme en asuntos serios. Así que a mis doce años me encerraba para claudicar ante mi vicio por los carritos, camiones y avioncitos. Un sentimiento de culpa me invadía luego de realizar aquellos actos impropios de “un aspirante a gente grande”.
Durante mis años mozos me gustaba practicar deportes, porque con ellos canalizaba las quimeras de mi infancia. Me enfocaba en cada juego callejero como si disputara un campeonato. Lo que más me emocionaba era correr para sentir la brisa de la libertad en mi rostro. Cambié los juguetes y los juegos de mi niñez por otros aceptados por la sociedad.
Me esmeré en disfrutar las infancias de mis hijos, como si recreara mis andanzas. Me divertí en grande yendo a parques a corretear con ellos. No lo hacía sólo para ser buen padre. También lo hacía porque saboreaba el momento. A ellos les encantaba percibirme incansable.
Cuando llegue el final de mis tiempos, aspiro a que el Divino Creador me mire. Quiero que lo haga antes de regresarme a mi caja de cartón. También deseo que en su memoria quedé resguardada las travesuras de mi corazón.
Cosme G. Rojas Díaz
22 de abril de 2022
@cosmerojas3
Tomado de mi libro «Relatos y sensaciones«

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