Saliendo del colegio tomé un palo del suelo, para jugar al espadachín. Ya saben, cosas de chiquillos.
—¡Ay! —Exclamé al sentir un pinchazo en el dedo índice de mi mano derecha.
Traté de sacarme esa espiga con mis uñas llenas de tierra. Desistí luego de varios intentos y traté de quitarle importancia al asunto y seguí camino a casa.
El palpitar de mi índice me aturdía y me lo tropezaba a cada instante con cualquier cosa. Encorvé la mano más para tratar de proteger la zona adolorida y me sentía limitado. Necesitaba sacar una moneda del bolsillo del pantalón. La tarea estaba complicada y luego de algunas maniobras logré hacerla, pero no pude evitar la punzada como la de una aguja que me arrancó un chillido. Es que por ser derecho se me hacía más enredado lo habitual. Con cada roce de mi dedo con cualquier superficie, sentía que la astilla se hundía y se afianzaba en mi carne.
Es curioso, pero, si te lesionas pareciera que misteriosas fuerzas se alinearan para lastimarte la zona afectada. O será que, por actuar de manera automática perdemos consciencia de muchos detalles que manejamos con soltura en lo cotidiano.
Al llegar a casa, mi acuciosa madre no tardó mucho en descubrir mi alterado comportamiento.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué tienes ese dedo como estirado?
—No es nada. —Le dije por miedo a que aplicara su método típico para estos casos.
—Ese dedo está hinchado. —Exclamó al tomar y examinar mi mano.
—Déjalo así, mamá, que no es nada. —Le dije.
Ella procedió con la determinación de siempre. Acto seguido y sin mi consentimiento, tomó una aguja, la desinfectó y me extrajo el fragmento de madera.
— ¡Uy! —Grité y enseguida sentí un alivio.
Unos años después en el liceo, estaba distraído y el profesor me hizo una pregunta y como estaba perdido le respondí con una barbaridad. No tenía ni idea del tamaño de mi desatino, pero todo el salón estalló en una sola carcajada. Mi cara se puso roja como un tomate, pero lo que realmente me aguijoneó fue ver que quién más se mofaba era Peter, a quien tenía como mi mejor amigo.
Sentí un pinchazo en el corazón, pero esta vez mi grito fue silente. Traté de sacarme esa incómoda sensación con mis sentimientos embarrados y creo que lo compliqué más. Es que cuando estoy dolido mi sensibilidad se concentra en amplificar mis percepciones. Cada comentario era como un tropiezo con la espina clavada en mi corazón. Necesitaba expresarme, pero entre mi baúl de emociones y mis lastimadas habilidades intercedía esa abstracta astilla y al tocarla la punzada se hacía presente.
Al llegar a casa, mamá dijo:
—Hola, hijo. ¿Cómo te fue en el colegio?
—Bien. —Le respondí a secas.
Ella supo que mi respuesta no era genuina, más bien la de quién trata de salir del paso.
En esta ocasión, la honestidad de sus sagaces palabras fueron la aguja que usó para extraer el objeto incrustado en mi corazón.
—¿Alguien ha herido tus sentimientos?, para que me respondas de esa dura manera.
—Fue un comentario en el colegio, pero sin importancia.—Le repliqué.
—Eso no te lo crees ni tú mismo, se nota que estás molesto.
—Se han mofado de mí por estar distraído y quién más se ha reído ha sido Peter.
—Entiendo que tu principal disgusto es sentir la falta de empatía de Peter. Si te quedas con ese sentimiento, con ese molesto fragmento, entonces no podrás sanar. Así que, convérsalo con él. Si te logra entender reforzarán la amistad, en caso contrario saldarás la deuda contigo mismo.
Cosme G. Rojas Díaz
05 de julio de 2023.
@cosmerojas3

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