Corrigiendo mis textos

Este tema es el día a día de quien escribe, es la lucha por elevar el nivel del mensaje. El esfuerzo del prosista se centra en desarrollar su narrativa en oraciones contundentes, que pongan a vibrar al lector.

El lector se pasea por las letras, con la curiosidad equivalente a la de un transeúnte al aproximarse a los bazares. Está dispuesto a invertir su tiempo en la búsqueda de la aventura. El suspicaz no se inmuta con facilidad; sin embargo, está ávido de emociones e ideas vigorosas. El escritor lo sabe.

No importa cuántas veces repase estas líneas, persiste la sensación de que las puedo mejorar, hasta llegar al hartazgo. No dispongo de un instrumento para medir mi nivel de frenesí. Imagino la reacción del espectador y me empeño en ser lo más claro posible. Quiero que todo esté en su justo lugar, sin omisiones ni excesos. Si no le encuentro fuerza o valor a una palabra o frase las elimino. Si algo no suma que no reste. También procuro respetar los espacios del lector, para dar cabida a su imaginación e interpretación.

Cada escritura es una batalla íntima, las ideas y emociones me remueven los cimientos. No todo es agradable en estas tareas, ni la famosa musa es tan esplendida como la pintan. Mi profesora preferida de lenguaje me ayudó a descubrir mi afán por expresarme. Al corregirme me preguntaba ¿Qué quisiste decir con esta idea? Luego de escucharme me señalaba, pero eso no lo plasmaste o lo estás repitiendo. En pocas palabras, ella era muy respetuosa de mi mensaje y se enfocaba en apoyarme en revelar mis errores, omisiones y redundancias. Esos agotadores ejercicios me conducían a ser eficiente, preciso y elegante en mis textos. También me orientaba en el manejo de las técnicas gramaticales. Ella leía mis borradores y me solicitaba explicación, con la intención de aclarar mi mente y mis sentimientos. Así como un buen chiste no requiere esclarecimiento, una narrativa de calidad tampoco. Ella no se imaginaba la influencia que dejaría en mí y de lo agradecido que le estoy.

La ansiedad por borronear compite con el impulso por liberarme de esa llama implacable. Es un conflicto que me acorrala entre la utopía y lo pragmático. Me inclino por un balance, sabiendo que la perfección no está a mi alcance. Pondero la armonía entre lo intelectual, emocional y espiritual. Ese proceso me conduce a pactar con lo trazado, antes de dejarlo ir. Una vez liberado el texto ya no hay vuelta atrás. Como lo dijo Pilatos “Lo escrito, escrito está”-Juan 19:22.

A la afanosa búsqueda de las palabras correctas, se suma el hecho del constante cambio. El cambiar no es una opción descartable. Nada está quieto, el tiempo es inexorable y en su tránsito todo vibra. Lo que sí está bajo mi control es tomar el timón y dirigirlo hacia dónde quiero moverme. Somos peregrinos del tiempo y del espacio. Cuando vuelva a revisar estas letras ya no seré el mismo. De manera que, cada lectura y escritura es una experiencia de viaje única.

Cuando la mente, el espíritu y el cuerpo entran en resonancia el arte alcanza su máxima pureza. La escritura es, en esencia, expresión de la memoria cultural.

Cosme G Rojas Díaz

14/07/2017

@cosmerojas3


Descubre más desde Cosme Rojas

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Descubre más desde Cosme Rojas

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo