Espiritualidad y materialismo      

Comencemos por el asunto material, porque en el fondo todos tenemos algo de santo Tomás de Aquino.

La RAE define al materialismo de la siguiente manera: “Doctrina según la cual la única realidad es la materia”. Y según Wikipedia: “El materialismo es la doctrina filosófica que postula que la materia es lo primario y que la conciencia existe como consecuencia de un estado altamente organizado de esta, lo que produce un cambio cualitativo”. Estos conceptos sitúan al materialismo dentro de un marco de absoluta racionalidad.

La espiritualidad es una forma diferente de vincularnos con la existencia y su valor. La RAE es escueta al definirla como: “Naturaleza y condición de espiritual”. En contraste con el materialismo la espiritualidad resulta un concepto etéreo y muy vinculado con la vida interior. Sin embargo, es una condición innata en el ser humano. No se puede confundir la religiosidad con la espiritualidad. Las religiones son doctrinas, la espiritualidad es la búsqueda de la verdad más allá de lo tangible.

El propósito de estas líneas es abrir la mente a otros horizontes, para ayudarnos a trascender a la conciencia. Nuestros sentidos nos conectan con eso que llamamos realidad. Palpamos, oímos, vemos, olemos, saboreamos y percibimos el entorno. Lo hacemos, a través de la información que procesamos con los sensores que nos conectan con el mundo material.

Materialismo y espiritualismo resultan ser dos vías para entender nuestra existencia, las cuales nos empeñamos en reñir y hacer las excluyentes. Quizá eso que consideramos como materia no es más que energía perceptible a través de nuestros sensores, a los cuales llamamos sentidos.

La racionalidad es un instrumento poderoso y al mismo tiempo puede ser una camisa de fuerza que limite nuestras posibilidades. El instinto y los talentos no son gobernados por la coherencia. Esas habilidades congénitas que poseemos las descubrimos y las perfeccionamos con la práctica y la disciplina. Esto resulta incompresible, pero son muestras elocuentes de nuestras misteriosas potencialidades.

No por pensar demasiado podemos asegurar resolver o entender una situación; de hecho, el relajarse y el tomar una actitud serena ilumina nuestra mente y espíritu.

Vivimos atrapados por los conceptos que nos hemos inventado: materia, tiempo y espacio. En el universo todo está conectado, todo vibra y nada lo hace de manera aislada. Entonces, resulta oportuna la pregunta: ¿Quién dirige la perfecta danza del cosmos, para que no se rompa la armonía entre las notas y los silencios?

El modelo de que la materia es lo tangible es cuestionable.  Einstein a través de sus postulados físicos nos abre las fronteras a otras formas de pensar. Estamos tan convencidos de que podemos tocar las cosas, de la existencia de los colores, de los sonidos y olores; ¿Quién sabe de cuántas expresiones energéticas nos estamos perdiendo? O de si existen otras vías de ponderar esas fuerzas. Nos resulta extraño sospechar que muchas de esas sensaciones son ilusiones. Nos cuesta aceptar que hay mucho más de cuanto podemos estimar. Como muestra basta con observar las pericias visuales, auditivas y olfativas de algunos animales. Los depredadores poseen capacidades ajustadas a sus necesidades de subsistencia. El universo nos muestra tantos ejemplos de cómo se las arreglan los seres vivos en su hábitat. ¿Qué sensores usarán los camaleones para cambiar su color de acuerdo con el entorno? ¿Cómo hacen los árboles para abrirse espacio en los bosques y montañas? La naturaleza dispone de zonas para grandes y chicos. Hay tantos procesos físicos y químicos que pasan por desapercibidos.   

Los artistas y los científicos tienden a ser seres abstraídos y es por eso por lo que logran dar fluidez a sus espíritus desprejuiciados.

Muchos científicos se incomodan cuando se les cataloga de ateos. El tema es que cada ser humano quiere hacerse un dios a su imagen, semejanza y sujeto a sus caprichos. En mi opinión muchos se autodefinen como incrédulos para no perturbar su búsqueda ni dejarse clasificar por la sociedad, ni ceder a las trampas de sus mentes. El intelecto puede resultar un enemigo del descubrimiento de nuevas posibilidades. En el fondo seguimos siendo muy primitivos y prepotentes, gobernados por el afán de creer solo en lo que comprobamos.

Albert Einstein expresaba que “la imaginación es más poderosa que el conocimiento”. Esa es una manera de decir que la mente racional puede ser eficaz; y, sin embargo, también puede cortar las alas del espíritu.

Asimismo, decía Einstein: “todo es energía y eso es todo lo que hay”. Esta sentencia me anima a recordar que la más potente fuente de energía es el Amor.

Cosme G. Rojas Díaz

16/09/2023

@cosmerojas3


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