La carrera militar como muchas otras es honorable. El militar se forma para servir a su nación y a sus nacionales; lo hace vigilando y actuando en la procura de la libertad y la paz.
Nuestra nación transita por sus días más oscuros, la buena noticia es que tenemos un inventario suficiente para hacer que las cosas cambien. En esta labor todos los integrantes de la sociedad tenemos tareas que realizar. Cada uno debe ubicar su campo de acción y enfocarse en sus funciones.
Con el término militarismo me refiero al divorcio con la nobleza originaria de esa profesión. La palabra militarismo sobreviene cuando extraviados militares se valen de la fuerza para someter al pueblo al cual se deben.
La política debe estar alejada de los cuarteles, o más bien es necesario que los militares no incursionen en la política. Porqué el poderío bélico resulta disuasivo y aniquilador de las libertades. Los soldados de las naciones tienen una misión que cumplir, como los gendarmes de la ley y el orden.
Una sociedad que se mueve aterrada jamás será libre ni próspera. He escuchado algunos comentarios desatinados justificando y añorando el nefasto régimen de Marcos Pérez Jiménez, con argumentos tan débiles e ingenuos como de que el pueblo necesitaba mano dura. Lo paradójico es que algunos apasionados defensores del legado de este tirano desprecian al régimen actual. No se dan cuenta de que a los opresores los mueve las mismas ambiciones personales, no importa el color de su ropaje.
«Los militares siempre son leales, hasta el preciso instante en que dejan de serlo», esta frase se le atribuye al Doctor Ramón J. Velásquez. En el caso de la caída de Allende en 1973, fue Pinochet su hombre de confianza quien lo destronó. Una situación equivalente ocurrió en Venezuela en 1948 con el golpe de estado contra Rómulo Gallegos; en este episodio el perpetrador fue Carlos Delgado Chalbaud, quien para entonces era su ministro de la defensa. La potencia castrense resulta intimidante y su razón de ser dista mucho de causar terror en la población. Algunas personas aprueban las dictaduras, con el argumento de la necesidad de imponer el orden. Resulta útil recordar la sentencia del escritor John Edward Emerich Dalkberg Acton: “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”.
Cito otra frase más familiar a nuestras raíces: “Nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía” Simón Bolívar.
De las tiranías y las tramas que se tejen detrás de bastidores, se encuentran innumerables ejemplos en la historia de la humanidad. Hurgando en las redes me encontré con esta nota de prensa:
“El País Digital
Lunes1 junio 1998 – Nº 759
El exdictador Pérez Jiménez volverá a Venezuela si Chávez gana las elecciones.
Exiliado en una urbanización de lujo en Madrid, el último dictador de Venezuela, Marcos Pérez Jiménez, de 82 años, confía en volver a su país «en condiciones honorables». Así se lo ha prometido Hugo Chávez, el golpista que intentó una asonada en 1992 y que hoy lidera las encuestas para las elecciones presidenciales de diciembre. Chávez acudió hace pocos días a la capital española para entrevistarse por sorpresa con Pérez Jiménez.
WINSTON MANRIQUE, Madrid”
Resulta natural preguntarse: ¿Qué pretendía Chávez con esa visita a MPJ? Es importante mencionar que, en diciembre de 1994 él había dispensado una gira por Cuba; en la cual Fidel lo recibió con honores de jefe de estado. ¿Qué tal?…
En Venezuela el período democrático fue el más fecundo de nuestra historia contemporánea. Hay quienes atribuyen el progreso a la dictadura de Pérez Jiménez y se olvidan de hitos tan importantes como: el nacimiento de la PDVSA azul y sus indiscutibles aportes multiplicadores en la economía nacional; el surgimiento de los complejos de Guayana, las grandes represas generadoras de electricidad, Sidor, Industria de Aluminio y la minería; el crecimiento del sector de telecomunicaciones, la pujante evolución de las urbes nacionales, el metro de Caracas, la agroindustria, los avances educativos de las más importantes universidades nacionales tales como: UCV, La Simón Bolívar, ULA, Universidad del Zulia, Universidad de Carabobo, La Universidad de Oriente, La Universidad Católica, La Universidad Metropolitana, el IESA y otras pujantes instituciones forjadoras de capacitados profesionales. De esta era desastrosa han tomado provecho algunas naciones a las cuales han emigrado nuestros mejores talentos, los que con tanto esfuerzo y costo hemos formado. Estamos perdiendo innumerables científicos, médicos, ingenieros, abogados, técnicos, artesanos, artistas y pare usted de contar. Es cierto que el modelo democrático en Venezuela se corrompió y el problema es que no supimos rescatarlo. Optamos por elegir la ruta fácil, la de dejarnos nublar la mente con aquellos famosos notables y por el más hábil y letal charlatán de nuestra era.
Durante varias décadas Venezuela fue un cálido refugio para muchos emigrantes, quienes encontraron tierra fértil para alcanzar sus sueños y contribuir con nuestra sociedad. Durante este periodo los facinerosos, internos y externos, intentaron socavar la estabilidad política y social de nuestro país. En el año 1967 las tropas de Fidel Castro pretendieron invadirnos a través de las costas de Machurucuto y fueron derrotadas por los militares leales. Hubo otras intentonas las cuales no fueron públicas. Los Castros lograron su cometido de invadirnos sin ninguna resistencia con métodos disimulados y perversos. El socialismo del siglo XXI encontró la mesa servida, para hacer lo que desde décadas se venía tramando. Las mayorías populares de manera ingenua confiaron en un Robin Hood tropical; y el legado que nos han dejado ha sido odio, miseria y dolor. Es peligroso creer que hemos aprendido la lección, mientras algunos continúan defendiendo el modelo tirano. Es necesario convencernos de que: ¡No hay dictaduras buenas!
Viene a mi mente una frase de la película “El último rey de Escocia” En la cual el dictador agarra a su médico personal y le dice: “El pueblo de Uganda te abraza”. De esta manera el actor que interpreta a Idi Amin manifiesta su certeza de que él encarna la vida de toda una nación.
La historia está repleta de déspotas que se han adueñado de los destinos de los pueblos. Muchos de estos personajes llegaron al poder disfrazados de ovejas, prometiendo bienestar y progreso.
Aunque no todas las dictaduras son militares, me atrevo a decir que si son las más abundantes y las que no los son se las arreglan para contar con el apoyo de ese factor.
En mi libro Venezuela Indomable uno de los personajes se refiere al militarismo de la siguiente manera:
“El Militarismo
Los militares deben entender de una vez por todas que ellos deben estar subordinados al poder civil; su función es velar por que prevalezcan la nación y sus nacionales. Hay roles que no se deben ejercer de manera simultánea; ejemplo ser juez y parte, o ejercer el poder político y militar. La Fuerza Armada con poder político resulta de una desproporción inmensurable.
La ley y el orden deben prevalecer en toda sociedad civilizada, pero con el debido respeto a los procesos legales y a los ciudadanos.
El civismo es evolución de ideas de progreso y bienestar; es convivencia en armonía de múltiples factores sociales, culturales, económicos y religiosos. El belicismo se centra en la guerra, en la victoria y en la derrota. Resulta una calamidad dirigir una nación como se hace con un cuartel. Es un contrasentido tratar de imponer la paz y el progreso. La verdadera y duradera fraternidad no puede estar fundada sobre la represión, el miedo, ni la imposición. Forzar el orden o imponer las ideas, a las grandes masas pensantes con las armas no es digno ni justo con los seres humanos. Una sociedad no debe vivir subyugada, eso es contrario al Plan Divino de Libertad”.
Cosme G. Rojas Díaz
04 de febrero de 2024
@cosmerojas3
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