Él era un chiquillo inocente.
Cuando el calor se tornaba avasallante prefería despojarse de esos incómodos trapos. Corría por los campos sintiendo el aire recorrer por todo su cuerpo. Ya tenía seis años y de acuerdo con los códigos de su comunidad, estaba grandecito para esas conductas.
Por primera vez, sintió vergüenza por su desnudez debido a la burla despiadada a la que le sometieron. Le habían arrancado el ropaje de su inocencia. Quedaron expuestas todas sus perfecciones e imperfecciones. Él quedó vulnerable al juicio exterior. Un frío indescriptible le caló los huesos, las risas le dejaron desubicado y las miradas las percibía como punzadas en su corazón.
Su manera de ver la vida cambió y supo que debía protegerse para no ser lastimado. Luego de esas vivencias se formuló las siguientes reflexiones.
Los vanidosos se agigantan amparados por sus costosos vestuarios y por sus lujosos accesorios. Ellos confían la grandeza de sus seres a los caprichos de las modas. Sin esos ropajes sus almas desnudas carecen de importancia.
El vestir es una necesidad y es un arte. Las prendas que cubren nuestros cuerpos nos protegen de las inclemencias de la naturaleza. Además, adornan nuestros rasgos y dan resguardo a nuestra intimidad.
La belleza no se fabrica con trajes superficiales. La elegancia tiene sustancia propia, es compleja y rica en matices. El arte se muestra en la armonía de la sencillez. También está en la profundidad de las grietas talladas por secretos procesos.
El cuerpo es el templo que da albergue a nuestro ser. La vestimenta debe ser un adorno tallado a nuestra personalidad. Es la esencia y no la apariencia lo que hace la diferencia.
Mucho se ha escrito de la desnudez. Hay un lenguaje de simbología y de apego a necesidades que varía de acuerdo con los valores culturales. El ropaje no solo cubre los cuerpos. Además, responde a creencias, condiciones climáticas, tradiciones, modas y tabúes.
La desnudez puede dejar a la vista la fragilidad de los seres humanos. En el libro del Génesis, se muestra que Adán y Eva sintieron vergüenza por su desnudez. Todo cambió de repente para ellos. Sus pieles ya no eran suficiente para protegerles de la mentira. La verdad los ponía en evidencia y sintieron la necesidad de cubrirse y resguardarse con atuendos improvisados. Se volvieron indefensos, vulnerables e impotentes delante la omnipresente mirada del Creador. No era sus cuerpos desnudos lo que les delataba, era que habían roto el pacto de amor.
Hay una famosa frase que proviene del cuento «El Traje Nuevo del Emperador» de Hans Christian Andersen. En esos relatos, un niño dice que “el rey está desnudo”. Con esto se revelaba la inconsistencia de los seres humanos. Mientras el rey era el dueño de la autoridad, las muchedumbres obedecían. No importaba lo que él usara o dejara de usar. Bastó con un destello de cándida racionalidad para desmontar una farsa y dejar al desnudo lo que desnudo estaba. Más allá de las prendas de vestir, está el poder mágico que se les atribuye. La simbología, los dogmas y el lenguaje crean paradigmas que se imponen y que muy pocos se atreven a desafiar.
La desnudez espiritual se cubre de falsas indumentarias. La calumnia se disfraza para parecerse a la verdad. Quien mucho ostenta es porque poco posee en su interior.
Los déspotas disfrutan al despojar a sus víctimas y exponerlos indefensos ante la audiencia. La desnudez impúdica que reinó en los campos de concentración nazi es una muestra siniestra, de esta afirmación. Esos actos reflejan la humillación y el desprecio hacia la dignidad humana.
Hay maneras sofisticadas, rebuscadas y enfermizas para exhibir poder. Una treta común consiste en opacar a una persona para exponerlo al escarnio público. En ocasiones, se apela a la excusa de ayudar a alguien a corregir un error. La miseria se manifiesta en las mezquindades y en el motivo de las acciones. Quien se valora aprende a reconocer las virtudes en las otras personas y nunca se mofa de los errores ajenos.
¿Crees en la riqueza de tu alma?
Cosme G. Rojas Díaz
25 de mayo de 2025
@cosmerojas3

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