Ocurrió en un lugar del planeta de cuyo nombre siempre querré recordarme. Bajo el Sol radiante de un trópico vibrante se desarrolla esta historia avasallante. Retumbaban los disparos en la ciudad. Imperaba el caos y el miedo.
—Pero ¿Qué está pasando? —expresó, Manolo González, ante tanta confusión.
—No lo sé, ni me importa, porque yo estoy pariendo —ripostó María, su mujer.
—¡Carajo! Justo ahora. Al bebé no se le podía ocurrir un momento más inoportuno.
—Rompí fuentes y siento fuertes contracciones abdominales. —gritó María.
—Estarás entrando en el trabajo de parto y nos debería dar tiempo para llegar al hospital. —Indicó Manolo.
—¡Ay, ay, ay! No aguantaré mucho tiempo. Recuerda que no soy primeriza y ya conozco estas sensaciones. Mis contracciones están muy fuertes y seguidas.
—Nos vamos ya, para el hospital. —Dijo Manolo con voz de mando.
Manolo abrió la puerta de la casa y se percató de que el sonido de los disparos era aterrador. Cerró el portón y dijo:
—Afuera es un desastre, es muy peligroso salir en esta situación.
— Pero es que estoy pariendo, —gruñó, María.
Su esposo corrió al teléfono y llamó al médico:
—Doctor, necesito ayuda, mi esposa está pariendo y no podemos ir al hospital porque hay una balacera allá afuera.
—Cálmese, Manolo. El trabajo de parto lleva unas horas. Explíqueme que está sintiendo su señora en este instante.
—Ya rompió fuente. Ella dice que las contracciones están muy molestas y frecuentes. Ya está en la semana 41 de la gestación.
—Tienes que escuchar y seguir mis instrucciones. Si dispones de un altavoz en el teléfono actívalo para que tengas las manos libres para realizar las maniobras necesarias. Yo te voy a guiar. Tú serás mis manos y debes hacer con exactitud lo que te diga.
—Listo, doctor. Ya activé el altavoz ¿Me escucha bien?
—Sí, con claridad. Primero debes estar consciente de que tu función es la de acompañar a tu esposa. Es ella la que va a parir. Y está dotada por naturaleza para esos menesteres. Los nervios son solo un estorbo y no están permitidos.
El médico se explayó con rigurosos detalles. Le fue guiando paso a paso…
Llegado al momento cumbre del suceso, Manolo con atención y delicadeza posó sus manos debajo del neonato. Mantuvo la concentración hasta que el pequeño emergió del lecho materno. Lo tomó con el mayor de los cuidados. Luego, lo cubrió con una toalla seca. Finalmente, lo posó sobre el vientre de su progenitora.
La pequeña Rebeca no se apartó de sus padres y estuvo pendiente de todo cuanto allí aconteció.
Ni las circunstancias, ni la premura del emergente nacimiento permitieron a los esposos González trasladarse a un hospital. Manolo, estaba acostumbrado a ser el proveedor de soluciones y de amañarse con los imprevistos. Se convirtió en partero improvisado y la pequeña Rebeca en su ayudante. La chiquilla vivió una experiencia inolvidable. Ella no se perdió ningún detalle del nacimiento de su hermano, Andrés. Lo vio cubierto de una sustancia blancuzca y gelatinosa, que su padre le retiró con las toallas. Se marcó el comienzo de una vida intensa. Esto mientras se escuchaba los sonidos de los disparos. El doctor daba indicaciones telefónicas. Y el recién llegado lloraba.
La existencia de Andrés siempre estuvo signada por el suceso imprevisto. No es fácil discernir si es que él busca agitación. O tal vez es un imán para las sorpresas. Lo cotidiano en él es lo original. Muchas cosas que le han ocurrido a su familia están fuera de lo habitual. Es que quizá se trate de una característica heredada.
Las travesuras de Andrés
—¡Cuidado, Andrés! No subas más, esa rama se va a quebrar—gritó José uno de sus amigos.
En efecto, la rama se partió y Andrés, con destreza y elegancia, se guindó de otro tronco. Se repuso y bajó de aquel árbol, con tranquilidad.
—¿Tú estás loco o eres un suicida? Te imaginé cayendo desde las alturas. Te has podido matar—le dijo José.
—¿Por qué siempre tienes que ser tan cobarde? —replicó Andrés.
José no tardó en llevarle el chisme a Rebeca. Ella se sentía como un ángel protector de su pequeño hermano. Nunca podría olvidar que lo vio nacer en circunstancias nada ortodoxas.
Confrontación
—Escúchame, Andrés, ¿por qué actúas de manera impulsiva? ¿Nunca te detienes a pensar en los riesgos de tus acciones?
—¿De qué estás hablando?, Rebeca.
—Pues sí que lo sabes, ya te lo he dicho en varias oportunidades. Me enteré de que en días pasados estuviste a punto de caer desde las alturas de una mata de mangos.
—Ya José te vino con el chisme. Él es un exagerado y deberías saberlo.
—Cierto que él me lo contó, pero luego me lo ratificaron otros testigos.
Rebeca se llevó las manos a la cabeza, mientras se tomaba una pequeña pausa, ante de continuar con sus consejos:
—¡Ay hermanito! ¿Cómo te puedo hacer entrar en razón? ¿Habrá alguien que pueda hacerlo? Te voy a contar algo, a ver si te ayuda a abrir tu mente. De pequeña me regalaron un reloj muy extraño: tan solo contenía 48 minutos. Me asustó ver un objeto tan irreal. La vida de nuestra familia nunca ha sido tranquila. Hemos vivido entre sobresaltos. Las circunstancias de tu nacimiento son una muestra de lo que te digo. Pero no es el único indicio de nuestras peculiaridades. Al observar aquel artefacto tan irreal me hizo pensar: ¿por qué nos pasan esas cosas tan raras? ¿Será que estamos regidos por otros ciclos? Me espanta pensar que nuestras horas puedan ser más cortas o que el planeta gira más rápido para nosotros. ¿Por qué no te detienes a pensar un instante antes de actuar? Baja la intensidad de tu vida, no sea que un día de estos te estrelles.
La infancia de Andrés transcurrió entre las travesuras, la intrepidez y el instinto por emular a su padre. Se sentía el segundo abordo en las responsabilidades de abastecimiento y protección en su familia.
Manolo, el padre de Rebeca y de Andrés nació en Tenerife. Él llegó a este terruño en los años cincuenta. En este país se estableció y se casó con María una caraqueña de la clase media. Esta parte del cuento ya la habrán deducido.
Andanzas por la vida
A medida que Andrés crecía con él se ensanchaba su curiosidad y su enérgico impulso. Esas cualidades lo condujeron a desarrollar variadas habilidades. Desde muy pequeño destacó en varios deportes. En sus ratos de esparcimiento solía tocar el cuatro y la guitarra. Es que este ser nunca estaba tranquilo.
Su admiración por su padre lo inclinó a las áreas técnicas. Él percibía que debía convertirse en un proveedor sustentable para su familia. Estudió aeronáutica y aspiraba convertirse en piloto.
Entre las pocas amistades que cosechó en su paso por la universidad se encontraba Pedro.
Llegando al final de su carrera Andrés y Pedro se animaron a tomar un curso de pilotos de aeronaves.
—Vamos Pedro tomemos esa pequeña aeronave y demos un paseo.
—¿Estás loco Andrés? Debemos esperar por el instructor, aún no estamos listos ni autorizados para volar solos.
—¿Por qué será que en mi vida siempre me rodeo de cobardes?, por esa razón siempre termino solo.
—A mí nadie me llama gallina. Hagámoslo, pero regresemos antes de que alguien se percate de nuestra imprudencia —ripostó Pedro.
Se subieron en un Cessna modelo 172, un artefacto ideal para el aprendizaje. Andrés despegó el pequeño navío, lo elevó a diez mil pies.
—Andrés estamos a la altura de crucero, deberíamos volar a cinco mil pies y retornar pronto.
—¡Guao! Qué bien se siente. Relájate, amigo. Vamos a disfrutar de nuestro primer vuelo piloteando. Encárgate del control que quiero tomar unas fotos del paisaje.
Pedro tenía el rostro tenso y los ojos parecía que le brotarían de su cara. Mientras la expresión facial de Andrés irradiaba felicidad. Pedro, tomó el timón con exagerada firmeza, los codos rectos y la espalda rígida.
—Aquí voy. Estoy al mando. Se siente el fluir de la adrenalina. Es como un corrientazo helado que me cruza de pies a cabeza.
—Bueno acostúmbrate, porque vas a aterrizar esta cosa. Creo que eres más diestro que yo en esto, así que eres la mejor opción.
—Ahora sí que estoy asustado, dijo Pedro.
—Maneja tus emociones, porque de ellas dependen nuestras vidas. —le apuntó Andrés.
—Nunca me imaginé nadie tan loco como tú. Qué sea lo que Dios quiera.
—Pedro, esa es la actitud. Debes tener fe en Dios y en las capacidades que te dio.
Andrés se concentró en el particular sonido del motor, mientras Pedro iniciaba el descenso y en busca de la pista.
—Andrés, avísame si lo estoy haciendo bien.
—No soy tu instructor. Si quieres consultar con un experto, habla contigo mismo. Porque aquí no hay más nadie que pueda ayudarte.
La cara de Pedro mostraba un coctel de emociones. Dialogaba y Andrés no le respondía. Optó por imaginar que podía hacerlo con la ayuda de su instructor de vuelo. Este ficticio personaje podría despejar sus dudas y reforzar sus aciertos. Declamaba en voz alta sus conversaciones imaginarias. Se turnaba asumiendo los roles de Pedro o Instructor. Así transcurrió ese inusual coloquio:
—Pedro, tu ángulo de descenso es muy elevado, corrígelo —expresó asumiendo la personalidad de su instructor imaginario.
—De acuerdo, ya corrijo. ¿Mejor así, instructor?
—Muy bien, mantén el rumbo de descenso y ve girando con suavidad —respondió el ficticio instructor.
Mientras transcurría este falso monólogo, Pedro, logró concentrase en la tarea de aterrizar la aeronave. Una vez que se detuvo se percató de que había mojado los pantalones. Andrés le dio un fuerte golpe en la espalda, en señal de reconocimiento.
—¡Bravo, bravo, bravísimo! Pedro, eres todo un piloto. Te felicito. —esto lo decía Andrés al tiempo que lo aplaudía.
Al bajar del avión se fueron a festejar con unos tragos. Tomaron una guitarra y comenzaron a improvisar unas canciones. En esa taberna estuvieron hasta que los echaron del lugar.
Cuando el amor llama
Su nombre era Ana. Una chica muy centrada. Resultó provechoso que fueran tan diferentes. Andrés que prefería los entornos turbulentos, se sintió incómodo ante su presencia. Vio en Ana una rara mezcla de serenidad con firmeza. Proyectaba una reservada seguridad. Ella lo desconcertó desde la primera mirada.
Ana no estaba acostumbrada a los sobresaltos. Entre ellos predominaba tensión y desacuerdos. Sin embargo, no dejaban de expresase con áspera sinceridad.
Cada desencuentro se apoderaba de sus mentes. Ella, con meditaciones persistentes del tipo: ¿Cómo puede ser alguien tan impulsivo? Él, con cavilaciones del tipo ¿Puede alguien ser tan tranquilo, o será pura apariencia?
Nunca antes él se había cuestionado su desmedido ímpetu. ¿Qué poder tenía esa chica, para que con su postura serena le sacudiera sus hábitos? Nunca antes ella se había impactado ante un ser tan inquieto ¿Qué dominio tenía ese chico, para zarandearla y confundirla?
lAsí es el amor! A veces no es que lo buscas; sino que te consigue, te atrapa y te transforma.
La debacle
Iniciaba el milenio y ahora, en esta tierra, se respiraban amargos aires de regresión social. Este es el país que eligió Manolo el padre de Andrés y otros cientos de miles de inmigrantes. La razón es porque esta fue una tierra de gracia, progreso y alegría. Ahora se presagiaban tiempos borrascosos en el horizonte.
Sin embargo, llegó la era de la decadencia. En dos décadas el país pasó de ser uno de los más ricos y prósperos de este hemisferio. Solía tener la mejor calidad de vida. Ahora ocupa los últimos lugares del mundo. Una paradoja, porque las inmensas potencialidades para que esta nación renazca siguen vigentes.
Este territorio dio cálida acogida a tanta gente proveniente del viejo continente, que huían de las guerras. Otros que corrían espantados de las feroces dictaduras de Latinoamérica encontraron refugio en este rincón del planeta. Ahora convertido en un pueblo errante y rechazado en los países donde antes reinaba el despotismo. Qué corta es la memoria y qué poco dura la gratitud.
Un pueblo despatriado con millones de familias forzadas a la separación. Dos terceras partes de sus residentes han emigrado en busca de la supervivencia. Los que aún siguen dentro, son víctimas de la miseria, la inseguridad, la persecución y del reino del caos.
Duele la indiferencia de un mundo deshumanizado e indolente. Insensatos que voltean la mirada a otro lado para no darse cuenta de que pueden ser las próximas víctimas. La devastación está al acecho y amenaza con expandirse a otras latitudes.
El dolor de partir
Andrés y su familia tomaron una decisión desgarradora. Marchar a la tierra de su padre. Él sentía profunda admiración y cariño por el terruño de su antecesor. De hecho, en las Islas Canarias se sentía como en su segunda casa. No obstante, al levantar velas sintió vencido ante la adversidad y nunca había tenido vocación por la renuncia.
En nuevas tierras
Llegó a un hermoso archipiélago. Rodeado de gente chévere (como se dice en Venezuela). Personas encantadoras que con su gentileza mitigan el dolor del exilio. Sin embargo, Andrés tenía el corazón arrugado. Mantenía la esperanza intacta por el renacer.
Reflexión de Andrés:
—Me repito un millón de veces. No lo hago con ánimos de exagerar. Pronto volveré a ese lugar del planeta de cuyo nombre nunca querré olvidarme. Conservo en mi piel el aroma de las guayabas. En mi paladar el sabor de las cachapas con queso llanero. En mi corazón el vigor de sus playas. En mis ojos el colorido del caribe. En mi memoria la majestuosidad de sus selvas. En mis sueños la calidez de sus frías montañas. En mis oídos el rugir de las palmeras. Y en mi alma la esperanza inquebrantable del rebrotar de la tierra que me vio nacer. Jamás me rendiré. Hasta mi último aliento viviré y viviré desafiando al miedo y jugando mis cartas hasta que mi luz se apague.
Cosme G. Rojas Díaz
26 de abril de 2025
@cosmerojas3

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