El ser humano es por esencia un ente social. Aún en la soledad buscamos la interacción y bajo esas circunstancias nos conectamos con la intimidad. Nos impulsa una energía misteriosa por hallar las respuestas que nos aclaren el sentido de la vida.
Clasificamos, ordenamos y nos esmeramos por encontrar el propósito de todo cuanto nos rodea: de eso no podemos escapar. Nuestro cerebro está diseñado para procesar la información que recibimos de los sentidos. Examinamos nuestros recuerdos, sensaciones, sentimientos y pensamientos; y de los senderos por los cuales hemos andado. De manera similar escrutamos a las personas, animales, cosas y a todo el ambiente en el cual estamos inmersos.
Resulta imposible apagar las voces internas de la conciencia en la búsqueda del sentido de la existencia. Todos tenemos creencias, inclusive los ateos están convencidos de sus propias percepciones e intuición. Estamos atrapados, enredados, impotentes y sujetos ante un orden supremo.
Dicho esto, no conviene dar crédito a los comentarios generalizados. Algunas personas repiten y dan por verdadero el siguiente cliché: “Es que no me gusta leer”. Pienso que todos los seres humanos leemos y lo hacemos desde el nacimiento hasta la muerte. De hecho, damos lectura a todo cuanto percibimos; aunque no todo cuanto leemos son textos. En realidad, a lo que nos oponemos es a ejecutar órdenes del qué y del cómo leer. De manera inconsciente nos aferramos a la pesquisa de la libertad y del libre albedrio.
Si usted aún piensa que la lectura no es lo suyo, me permito decirle algo. En realidad, usted lee mucho más de lo que imagina. Durante su existencia ha estado descifrando los innumerables mensajes del entorno y eso es leer. Quizá acote su respuesta a los textos. Eso se puede entender y me atrevo a aseverar que no ha tenido el menú adecuado. No ha seleccionado los libros en función de sus aspiraciones de crecimiento y esparcimiento. Tal vez, en la escuela le exigían leer la literatura clásica. No lo persuadían de lo divertido o interesante que le podría resultar. No le daban opciones para elegir según su personalidad, talentos e intereses.
Quienes insisten en que no les gusta leer es porque lo asocian con una obligación o con un sacrificio fastidioso. Y en gran medida tienen razón de sentirse de esa manera.
“La lectura es una de las formas de la felicidad, y uno no le puede imponer a nadie la felicidad”. Jorge Luis Borjes
Así como existe variedad de sabores para satisfacer los paladares. También hay diferentes estilos de música para los gustos y momentos. Hay deportes para diversos tipos de talentos. Las artes son para las distintas expresiones de la sensibilidad. Existen recreaciones según las edades y preferencias. También hay literatura para la amplia gama de disciplinas del saber.
De manera que, no todos valoramos la lectura de la misma manera: su práctica está influenciada por experiencias pasadas, gustos personales y la forma en que se nos ha inculcado. La buena noticia es que, hay libros para cada persona, sólo debes encontrar tu estilo.
Entonces, las interrogantes las podemos formular de una manera más cónsonas con nuestras necesidades: ¿Por qué leer?, ¿qué leer?, ¿cuándo leer?, ¿cómo seleccionar la lectura que se adapte a nuestros requerimientos?
A propósito de dar mayor profundidad a este tema, me permito mencionar un artículo que titulé: “Lectura a la carta”.
El apetito por leer está amarrado con la curiosidad, por entender y por vivir a plenitud. Ese es un atributo de la humanidad.
Cosme G. Rojas Díaz
02 de enero de 2025
@cosmerojas3

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