La historia de la humanidad ha estado signada por el desencuentro y la hostilidad. A pesar de nuestros avances, la violencia y el conflicto persisten. Esto nos obliga a preguntarnos: ¿En realidad hemos cambiado? ¿O seguimos sometidos a las pasiones ancestrales que han marcado el camino de la humanidad?
En opinión del conocido filósofo español Fernando Savater, la ética se resume en una frase ingeniosa:
«Coraje para vivir, Generosidad para convivir y Prudencia para sobrevivir».
Nos enorgullecemos del progreso de nuestra sociedad y cultura, pero el terror a ser vencidos sigue siendo el motor fundamental. La guerra es la lucha por vencer o ser vencido. En ese escenario el ego se convierte en el valor supremo, dejando al otro como un ser ajeno.
El guerrero tiene coraje, pero eso no le concede justificación para imponer su criterio. Se requieren elevadas motivaciones para impulsar un progreso loable. Es necesario aprender a valorar a quien es distinto. Demanda carácter el poder despojarnos de nuestro molde para visualizar más allá del confort. La indolencia nace de la falta de aceptar que somos seres en constante transformación. La ausencia de generosidad nos aísla, nos estanca y empuja a etiquetar al prójimo como el enemigo.
Fabricamos al contrincante según nuestra imaginación y le asignamos todas las culpas de nuestras calamidades. Es terrible, cuando la única manera que se nos ocurre para imponer el orden es aniquilar al opuesto. No nos damos cuenta de que la hostilidad se instaló en nuestro patio. Es cierto que poseemos talentos, pero de poco o nada sirven sino los cultivamos. El proceso de crecer está lleno de ensayos y errores. Además, del discernimiento para timonear el rumbo.
En el plano del coraje domina la terca intención de que es mandatorio vencer. Qué tal si, como lo indica Savater, movemos nuestra mente y espíritu al nivel de la generosidad. Eso equivale a abrir la mente a un horizonte más amplio y justo. El desplazarnos hacía la empatía nos permite vernos en el espejo de las percepciones ajenas. Eso ocurre cuando el otro deja de ser alguien lejano y se convierte en una persona con percepciones propias. El siguiente paso es la puerta al discernimiento y a la humildad. Eso es lo que el filoso llama la prudencia.
La ruta del líder
El líder diligente optará por los caminos del progreso social. Debemos comenzar por apartar el miedo a las incomodidades y verlas como situaciones retadoras. Es necesario preparar la estrategia para avanzar en armonía. Además, se debe tener la determinación para no apartarse de la ruta. El camino a la verdad no es fácil, pero es el único que merece toda la energía.
En cada relación humana hay encuentros y desencuentros. Paradójicamente hay mayores oportunidades de construir sobre los contrastes. Demos frente a cada desacuerdo y abordemos las divergencias como asuntos por resolver. El éxito de toda gestión depende de la determinación, el conocimiento y la preparación.
Comencemos por plantear La situación. El primer paso es entender el contexto. La mitad del camino en la solución de cualquier problema está en su acertada formulación. Es necesario formularse las preguntas correctas: ¿De qué se trata? ¿Qué se busca resolver? ¿Qué se gana o se pierde en los escenarios posibles? ¿Vale la pena el esfuerzo? ¿Qué es lo peor que puede pasar si no se hace nada? Se deben procesar las posibles respuestas, jerarquizarlas, analizarlas y permitir que sean maceradas a través del tiempo. Luego se debe avanzar a la siguiente fase.
Revisemos la visión y el coraje compartido para sustentar las ideas. Se debe dar soporte a los argumentos. El discurso ha de ser coherente y elocuente. En el convencer debe haber participación enérgica gobernadas por la búsqueda de la verdad.
Ponderemos la importancia del papel del «otro»: Reconocer y valorar que hay otras posibilidades, aunque no las entendamos. Ese es el primer paso a la convivencia. ¿Por qué la percepción de un ser que me resulta ajeno me genera conflicto? Esforcémonos por entender el entorno y las circunstancias que dan sustento a sus juicios. Aprendamos a descubrir y potenciar las inescrutables bondades del trabajo en equipo.
Pongamos énfasis en la empatía: ¿Cómo me sentiría si mis ideas fuesen rechazadas, sin explicaciones? Aplicar la regla de oro tratar al otro como me gustaría ser tratado.
Logremos la construcción del compromiso compartido: El único camino al progreso y a la paz es a través de la convivencia. Esto implica una voluntad determinada a derrotar los embates del odio. Es en definitiva decidir entre la civilización y la barbarie.
«Solo el recto pensar conduce a la paz» – Jiddu Krishnamurti
Conclusiones
El llamado es a cambiar nuestra manera de relacionarnos. Para lograrlo, debemos trabajar mucho para entendernos a nosotros mismos. Solo así podremos dar el siguiente paso hacia la empatía.
De manera que, si logramos adoptar el espectro ético descrito por Savater, podríamos cambiar el vencer por el convencer. Convencer significa vencer con el otro. Es tener la convicción de que podemos construir y alcanzar una meta conveniente para todas las partes.
La verdadera valentía no está en derrotar a un enemigo externo, sino en enfrentar nuestros monstruos internos. La paz proviene de un pensamiento recto. Tenemos la opción de decidir nuestra ruta. Podemos optar por vencer al diferente o vencer con el que es diferente.
Cosme G. Rojas Díaz
12 de septiembre de 2025
@cosmerojas3

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