¿Ay!, el lenguaje

La palabra es la pieza fundamental. Una sola posee el poder de la creación o el abismo de la destrucción. Nos anclamos al mundo a través del lenguaje; sin él, caeríamos en la nada.

Una palabra sustanciosa es como una navaja afilada. Su composición es sencilla pero exacta: un ergonómico mango y una hoja incisiva de acero templado. No necesita adornos para cortar en un solo intento. En manos del habilidoso, esa herramienta puede extraer con precisión quirúrgica el sobrante y descubrir la belleza oculta a los ojos del común.

“Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarle”. (Mateo 8:8)

De este icónico texto bíblico se destacan tres atributos de la palabra: tajante, concisa y determinante.

Es la estructura de nuestro pensamiento, la luz que despierta la conciencia y revela la realidad. Cada vocablo es una pieza abstracta, un regalo divino para ordenar, discernir y construir el entendimiento de lo que somos. Son inagotables las posibilidades para narrarnos; tenemos la imponderable capacidad de relatar nuestra propia historia.

La palabra insulsa y la palabra poderosa

Como una semilla, la voz lanza una misión. Pero requiere tierra fértil. El mensaje debe nacer de la armonía, ser protegido y cuidado, pues como una planta pequeña, es vulnerable a la intemperie. La palabra insulsa muere en el intento. La palabra poderosa genera vida.

En la arquitectura del mensaje, la simplicidad es el estado óptimo del arte. Ni sobras que estorben, ni faltas que frustren. Solo la palabra justa. Porque es ahí, en la precisión, donde incluso el amor encuentra su máximo poderío.

Ignorar la autoridad del lenguaje es banalizar la existencia y despreciar el mandato de vivir a plenitud.

Cosme G. Rojas Díaz

14 de diciembre de 2025

@cosmerojas3


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