Vivir y existir

La vida es un milagro sin lugar a duda, cada ser vivo es un desafío a lo imposible. Sin embargo, no es lo mismo vivir que existir.

La existencia está vinculada a la conciencia de nuestra vida y nos conduce a hacernos preguntas profundas.

Podríamos vivir biológicamente y cumplir con las fases de nacer, reproducirnos y morir. Todo este complejo recorrido sin enterarnos de nada.

Lo que nos hace humanos es el darnos cuenta de que vivimos. Esto nos conduce a preguntarnos por qué tenemos conciencia y para qué. Esa cualidad es la esencia que empodera el libre albedrio. El pensar nos hace libres.

¿Cómo podríamos ser producto del azar y al mismo tiempo saber que es así? Si el pensamiento fuera solo un subproducto accidental de la materia no tendría autoridad para declarar verdades sobre el origen de esta. Es racionalmente imposible que la vida se haya generado de la nada; además, habría que sumarle otro inverosímil: el de la racionalidad inmaterial.

La vida es un regalo Divino que viene aderezado con la capacidad de cultivar la existencia. Cada vida tiene un valor poderoso; sin embargo, somos diferentes en capacidades. La secuencia precisa de eventos de la vida obedece a un orden y a unas reglas que solo un arquitecto inigualable ha podido establecer.

Estamos limitados a pesar de nuestras extraordinarias capacidades físicas, mentales y espirituales. Nos frustramos porque no alcanzamos a entender a Dios, si así fuera Él no sería Dios.

La tarea más importante es reconocer que nuestra presencia es un milagro y un regalo Divino. Sabiendo esto, lo que nos corresponde es agradecer y hacerlo amando a nuestro Creador por encima de todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

Amarnos a nosotros mismos no es una faena fácil, porque demanda el conocer nuestras fortalezas y limitaciones. Consiste en tener la valentía de vernos al espejo y aprender a conocer nuestra alma. Optemos por mostrar lo mejor de nuestro rostro ante cada desafío.

Repasemos los atributos del bien y algunos actores que lo ejemplifican, con el propósito de elevar el valor de nuestra existencia. Moisés se destacó por su mansedumbre o humildad extrema (Números 12:3). Job y su hijo el profeta José se destacaron por ser irreprochables, «completos» en su moralidad y sinceros en su relación con Dios. Noé, se distinguió por su fe obediente. El principal atributo del rey Salomón fue su sabiduría incomparable. El rey David reflejaba una profunda devoción, humildad y arrepentimiento sincero hacia Dios.

Entonces la pregunta que surge es, ¿cómo ponderar los atributos en el camino a la verdad? La respuesta infalible es el amor y la expone el apóstol Pablo:

“El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. Coritios 13:4-7

El amor al prójimo se resume en la regla de oro:

“Traten a los demás como les gustaría que los demás los trataran a ustedes”. Lucas 6: 31

Gobernar nuestro destino requiere forjar un carácter íntegro como herramienta fundamental. Es necesario recordar lo más importante y eso es el amor, sin amor nada tiene sentido.

Y usted, respetado lector, ¿se ha preguntado si está existiendo o solo viviendo?

Cosme G. Rojas Díaz

17 de abril de 2026

@cosmerojas3


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