La vida es movimiento, nada está quieto. Todo lo que nos rodea está en un inexorable cambio. El que no tengamos la capacidad de percibir determinados movimientos no los anula. La energía tiene autonomía y fluye con sus propios ritmos. Sabemos por las leyes de la física que no es posible crearla ni destruirla; lo que sí está a nuestro alcance es transformarla.
Ni siquiera podemos afirmar que no apreciamos determinados cambios porque son lentos. La velocidad es relativa. Voy a referirme a un ejemplo para ilustrar esta idea. Imaginemos que viajas en un tren de alta velocidad y estás dormido en tu asiento. Un observador que esté dentro del móvil te verá estático en espacio y tiempo. Sin embargo, tu cuerpo y el del espectador están cambiando de posición, y un observador externo los perderá de vista en un instante. De hecho, todos somos viajeros, nos guste o no. Habitamos un planeta que se desplaza a velocidades de vértigo a través del espacio y no somos capaces de percibir esos cambios.
El tránsito por la vida no da tregua, no descansa jamás. No obstante, nos aferramos a la ilusión de establecernos en un estado ideal. Imaginamos la felicidad como un éxtasis perpetuo y olvidamos los ritmos de la creación, la cual está signada por el fluir de la transformación y el desafío de los límites. Quizá la verdadera felicidad esté en entender, aceptar y trabajar en los retos posibles. No se trata de aspirar a la tranquilidad, sino de sintonizar con nuestra misión y abordarla con la requerida diligencia.
Forjamos nuestro ser en el vigor de las dificultades, o de las oportunidades, según lo veamos. Las virtudes y las carencias se desarrollan en las perturbaciones antes de asumir las decisiones, en el coraje de las pausas y en las omisiones pertinentes. Tenemos la facultad de anteponer cada acción a los filtros de nuestras capacidades, y es allí donde reside nuestro poder.
La sabiduría se construye con competencias y discernimiento. No basta con poseer un arsenal de cualidades intelectuales, físicas y espirituales; es necesario usarlas con precisión, contexto y un fino sentido de la oportunidad.
Volvamos los pies a la tierra, esa que nos luce serena. Es allí donde nos corresponde navegar entre sima y cima, y transitar por los valles durante las pausas que nos dan aliento.
Cosme G. Rojas Díaz
24 de octubre de 2026
@cosmerojas3

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