La vida es algo maravilloso e inescrutable. Aún quienes se resienten de las calamidades aspiran aprovechar su existencia. Mucho se ha escrito y comentado sobre el significado de este término, pero más todavía sobre el misterioso valor que la envuelve.
Todas las corrientes del pensamiento conducen a las preguntas básicas. ¿Qué es la vida? Y ¿Cuál es su sentido? Los pesimistas asumen que no tiene propósito y por eso ante ellos transcurre insípida e irrelevante. Pensadores, filósofos, políticos, artistas, científicos y místicos coinciden en buscar respuesta al dilema existencial.
El trabajo es la respuesta de un individuo a una necesidad, propia o ajena. En términos sencillos, la persona resuelve situaciones con acciones. Si tiene hambre, busca que comer para él, luego para su prole y si le es posible para su comunidad. Somos seres complejos dotados de intelecto, habilidades y sentimientos; y nuestras demandas son inagotables. El quehacer abarca un amplio espectro y se debe orientar hacia las competencias y voluntades de los individuos.
Las sociedades se han estructurado para hacer posible la coexistencia. Desde los requerimientos individuales surgen las faenas y desde estas se generan las relaciones sociales. El trabajo es la raíz que da origen a las naciones.
Hasta aquí todo parece fluir con naturalidad. Sin embargo, la historia demuestra que las cosas no son tan sencillas. Nuestra inteligencia no siempre tiene buen foco. Nos empeñamos en complicar los sucesos más elementales. Enredamos lo que no necesita de nuestra intervención y descuidamos lo esencial. Intentamos conquistar el mundo exterior, mientras desistimos y huimos de nuestras potencialidades. La frustración se apodera de las sociedades constituidas por individuos inconformes con lo que hacen. Es un verdadero desperdicio no desarrollar y desempeñar nuestros talentos. Es una auténtica calamidad los sacrificios y explotación de los individuos en tareas agobiantes.
En mi era estudiantil le realicé una pregunta a un ministro cubano. ¿Es verdad que en Cuba no se respeta la vocación? Y el funcionario reaccionó, sin inmutarse, con dos preguntas. “¿Qué es eso de la vocación? ¿Acaso sirve para algo? Luego sentenció con inclemencia. Eso no existe, es otro de los inventos del capitalismo. Lo importante son las necesidades del pueblo y al estado le corresponde decidir cuales han de ser las tareas relevantes por ejecutar”. Aquella respuesta la asimilé como un puntapié en el estómago. No daba crédito a semejante desatino.
El problema es que vivimos en un mundo muy competitivo y poco colaborativo. Cómo bromeaba un amigo, con su característico humor negro, “lo importante no es vencer sino humillar al enemigo”. La trampa de ganar a cualquier costo ocasiona que los individuos perdamos el entusiasmo por lograr nuestras metas personales. Renunciamos a nuestras habilidades y derrochamos las energías en alcanzar el reconocimiento ajeno. Esa alienación social castra: a la ciencia, al arte, a la cultura y la alegría por servir. La gran distorsión radica en premiar al escandaloso, al impúdico, al que se cree importante y se ignora a quien es útil. Esa torcida manera de pensar produce fugaces complacencias y profundos conflictos existenciales.
Pocas personas logran la conexión merecida entre la vida y el trabajo. Es una realidad triste, pues todos deberíamos disfrutar de ese privilegio. Existen múltiples factores conspirando contra el incentivo al desempeño y no es solo ocasionado por los bajos salarios. Las empresas deben promover una cultura organizacional de clima adecuado para un efectivo rendimiento. Un elemento desmotivador, son las presiones familiares hacia la formación de sus parientes; al aspirar atarlas a sus gustos o frustraciones. La super especialización es otro mito que atenta contra el desarrollo de los talentos. ¿Quién dijo que debemos aprender a desempeñarnos en una única área o actividad? ¿Acaso no cuentan nuestros pasatiempos? En ocasiones nos domina el miedo a abordar otras facetas de nuestros deleites. Los diversos estilos de gobiernos, que han dominado al mundo, han tergiversado el valor del trabajo y lo han catalogado como un mal necesario. En casos extremos, lo han transformado desde ser un derecho para convertirlo en un castigo. Desde la esclavitud, hasta los más “avanzados estilos modernos”, persisten motivos para provocar el desaliento y la obstinación de los trabajadores.
¿Vivir para trabajar? o ¿Trabajar para vivir? Tenemos necesidades por compensar, tal y como lo planteó Maslow en su pirámide de cinco niveles jerárquicos: (fisiológicas, seguridad, afiliación, reconocimiento y autorrealización). Es necesario atender a estas demandas respetando la debida prioridad, desde las más urgentes (fisiológicas), hasta las más elevadas (de autorrealización).
Si uno hace lo que le gusta y sabe hacer, el trabajo será placentero y rendirá frutos. El trabajo debe ser una fuente de gozo que dignifique y califique al ser humano como un individuo diligente.
Cosme G. Rojas Díaz
29 de julio de 2023
@cosmerojas3

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