La armonía de lo invisible

«Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí» Juan 14:6

Estos días que conmemoramos la pasión y muerte de nuestro señor Jesucristo, son propicios para reflexionar sobre el divino regalo de la vida.

Desperdiciamos la existencia por no comprender su valor. Nuestra presencia no debería ser posible, habitamos este mundo contra todo pronóstico. Ese misterio debería ser razón suficiente para buscar una explicación, del por qué estamos aquí. Solo la pereza extrema puede dejar a un ser humano indiferente ante tan poderosa inquietud. Quienes arrastran los pies por los caminos, sin cuestionar su existencia, es como si ya estuvieran muertos.

Existimos contrariando las más contundentes probabilidades estadísticas. Todo nuestro entorno está ensamblado con precisión quirúrgica para que este prodigio se haya hecho realidad. No existe justificación alguna para quejarnos, todo cuanto somos se nos ha dado y es con una intención. Nos corresponde descubrir nuestro propósito de vida. La pista esencial es entender que Dios nos ha creado a su imagen y semejanza. De manera que, nuestra tarea es manifestar regocijo por tan imponderable regalo.

Nos corresponde agradar e imitar a nuestro creador. La gratitud no es solo un sentimiento; es una necesidad esencial. La labor es clara, consiste en entender y explotar la buena voluntad y nuestros talentos. Hemos sido creado con amor y además Dios nos ha obsequiado el libre albedrio. La decisión de seguir las enseñanzas de su hijo depende de cada uno. Jesús siempre está disponible y esperando que lo busquemos para guiarnos. Las calamidades reales surgen de nuestro distanciamiento del Creador.

Dios no produce desperdicios, todo en Él es perfección. Cada detalle que apreciamos y aun los que están fuera de nuestra vista cumplen una función. Nada está suelto al azar, aunque no lo entendamos. Debemos aceptar que nuestras capacidades son limitadas.

El científico Carl Sagan, quien era un agnóstico dijo alguna vez:

“La ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia”

La fe no se trata de creer en un ser etéreo, sino en descubrir su presencia en todo cuanto existe. La fe debe sacudirnos y «resucitar» nuestra capacidad de asombro ante lo cotidiano. En el aire que respiramos, en la luz que nos ilumina, en los sentimientos que albergamos, en toda la grandeza e inexplicable precisión de la maravilla de estar vivos y de ser conscientes de nuestra realidad. En todas esas sensaciones que van en una dimensión apartada de la materia. Toda la sutil e inefable armonía de la creación obedece al orden de su omnipotencia e indescriptible ingenio.

Lo que expongo puede resultar incómodo para algunos. Sin embargo, lo entiendo porque no están solos en estas sensaciones. De hecho, no escribo estas líneas para complacer a nadie, ni siquiera a mi mismo. Escribirlas me coloca en una situación complicada, porque me desaloja de mis comodidades y me coloca ante el desafío de hacer lo correcto y de aceptar mis restricciones.

“Solo hay dos maneras de vivir la vida. Una es como si nada fuera un milagro. La otra es como si todo fuera un milagro.” – Albert Einstein

Cosme G. Rojas Díaz

4 de abril de 2026

@cosmerojas3

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