Venezuela es un país con una historia interesante y de recorrido reciente. Antes de la llegada de los españoles estos territorios eran asientos de diversas tribus sin definiciones de límites. Las culturas estaban confinadas a los clanes dominantes.
El trabajo, la amalgama de culturas y la demarcación de territorios fue conformando lo que hoy tenemos como país.
Hemos sido bendecidos por la riqueza geográfica que nos da albergue y por la evolución del gentilicio en tan favorable ambiente.
Es cierto que Venezuela cuenta con inmensas riquezas naturales y paradisiacos paisajes de costas, montañas, llanuras, desiertos, archipiélagos y un clima templado. También es destacable la forma de ser del nacido en estos lares por su generosidad, alegría, resiliencia y energía. Sin embargo, esas ventajas no han sido suficiente para que hayamos alcanzado el nivel de desarrollo que merecemos.
¿Qué nos ha faltado? Nuestro recorrido abarca varias fases las cuales no hemos asimilado ni le hemos dado la lectura adecuada. Nuestra historia nos ha llevado por intensos periodos de guerras, desde la lucha por la independencia hasta prolongados conflictos fratricidas. Desde la separación de la Gran Colombia la ruta se tornó caótica. El caudillismo imperó por casi un siglo, hasta los tiempos de la dictadura de Juan Vicente Gómez. Quien se consolidó como el jefe de toda la nación y la cual dirigió por 27 años a su discreción.
A la muerte de Gómez todavía éramos un país pobre y rural, el petróleo comenzaba a marcar un hito en lo económico, en lo político y en lo social. Se vislumbraban tiempos de progreso. La transición con López Contreras e Isaias Medina Angarita presagiaban un balance positivo. López Contreras optó por respetar el ordenamiento constitucional, liberó a los presos políticos y permitió el regreso de los desterrados. Con Medina Angarita (1941-1945), el país avanzó hacia una mayor apertura democrática, legalizó los partidos políticos y modernizó la relación con las compañías petroleras a través de la Ley de Hidrocarburos de 1943.
Lo que vendría después demostró la fragilidad del cambio. La locura de Diogenes Escalante rompió el equilibrio de la ruta y el país se embochinchó. La falta de voluntad y de entendimiento entre los políticos de la época precipitó la revolución de octubre en 1945. Escalante era un diplomático de vasta trayectoria que había servido en Washington y Europa, era el hombre del consenso para transitar hacia una democracia plena liderada por civiles. Su figura era aceptada tanto por el gobierno de Medina Angarita como por la oposición de Acción Democrática, liderada por Rómulo Betancourt.
Al golpe de trienio adeco del 45 al 48 le siguió el fugaz gobierno de ocho meses del escritor Rómulo Gallegos. Luego vino la década de dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Del 58 al 99 caminamos en la alternancia democrática. Durante esas cuatro décadas creíamos, o nos hicieron creer, que habíamos alcanzado la madurez en el sistema de libertades. Sin embargo, los cimientos no resistieron los incesantes ataques de la revolución comunista de Castro. Fuimos ingenuos al pensar que las batallas de los años 60 incluida la escaramuza de Machurucuto en el 67 eran hechos superados. Fidel logró en el 99 su cometido con la asunción de Chavez al poder. La historia expone la decadencia de un país que fue albergue de inmigrantes y que se convirtió en una tierra con ocho millones de expatriados en el año 2025.
¿Qué descuidamos en el camino? Alcanzamos un crecimiento importante; sin embargo, no fue suficiente ni sustentable. Es por eso por lo que debemos detenernos para hacer el análisis, desechar los errores y replantearnos el porvenir.
La infraestructura del país mantenía un crecimiento avasallante el cual comenzó con el boom petrolero, desde 1922 y de manera explosiva desde 1973. La salud y la educación también se vieron favorecidas. En consecuencia, la calidad de vida del venezolano mejoró, el país mutó de ser un territorio rural y productor agrícola para vivir de la renta petrolera. Este fue el primer indicio del desequilibrio. El esfuerzo del ciudadano mermó y con ello el incentivo para procurar mejoras. El repentino progreso tuvo un efecto paralizador de las iniciativas y de la prosperidad. El ciudadano se convirtió en un cliente del Estado, beneficiario del reparto de la renta. Esta dinámica ha sido descrita como la «enfermedad venezolana».
Hemos mencionado los buenos atributos del venezolano, ahora pongamos atención a nuestras deficiencias. La riqueza fácil genera pereza física e intelectual. El país rural de los años de 1900 estaba acostumbrado al trabajo duro y de manera brusca se acomodó a depender de los precios del petróleo.
Nos conviene entender que no somos un país rico, sino un país con grandes potencialidades de riquezas. El petróleo bajo el suelo no tiene valor, la minería sin un plan sustentable tampoco otorga beneficios. El factor más importante en el progreso es el ciudadano. Sin educación no hay posibilidades de crecimiento ni de mejoras. Es necesario entender por qué hay países que no contando con recursos naturales nos superan en desarrollo y en calidad de vida.
Aproximadamente el 70% de la población venezolana llegó a depender de la repartición de la renta estatal. Esta condición distorsionó el sistema de valores y la autoestima de nuestro pueblo. La creencia de que Venezuela es un «país rico» por el simple hecho de tener petróleo ha sido la principal traba para avanzar. Cambiemos esa percepción y dirijamos nuestra vista a fomentar los valores culturales y el crecimiento vendrá por añadidura.
En este análisis no se puede dejar por fuera los aparentes desencuentros entre dos destacados venezolanos: Arturo Uslar Pietri y Juan Pablo Pérez Alfonzo. Ellos pronunciaron unas frases con un eco vigente: Uslar dijo en 1936: «Debemos sembrar el petróleo», y Pérez Alfonzo en 1975 sentenció: «El petróleo es el excremento del diablo». Visto en el contexto adecuado ambos tenían razón. Uslar con una visión estratégica para apalancar el desarrollo con esas riquezas. Pérez Alfonzo haciendo un llamado ético en la administración de esos recursos.
Uno lee y escucha una frase empalagosa, según la cual “somos el mejor país del mundo” y la verdad es que estamos lejos de serlo. Tenemos un largo camino por delante. No obstante, contamos con un inmenso potencial y la tarea podemos comenzarla de inmediato asumiendo una actitud humilde, es la única manera de abrir la mente y el espíritu al crecimiento. Además, es alienante y descortés querer ser mejor que el prójimo. En lo que deberíamos centrarnos es en ser una mejor versión de nosotros cada día. En cuidar nuestro ambiente, en educar a nuestros hijos con un sentido de agradecimiento.
¿Cuáles son nuestras oportunidades para crecer? Lo primero es entender nuestras raíces, desde allí erradicar los errores y sacar ventaja de las potencialidades de nuestro gentilicio para planificar el país que soñamos. Podemos hacer que la magia ocurra y es posible arrancar de manera inmediata, esta no ocurrirá de manera espontánea.
Cosme G. Rojas Díaz
P.D.
Si quieres leer más de estos temas:
O en mi libro Venezuela indomable Tiempos Revoltosos
@cosmerojas3
16 de mayo de 2026

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