Vivimos momentos de profundo dolor; nuestro duelo colectivo es colosal se necesita apoyo, empatía y acompañamiento solidario. Estorban las frases prefabricadas. Es sanador el silencio sincero, ese que se hace presente durante las horas de aflicción. Dios Todopoderoso nos ayude a transitar por esta amarga experiencia, para poder seguir adelante.
Venezuela es un país que ha estado sumido en una intensa debacle en las últimas tres décadas. Pasamos de ser un destino seguro y placentero para inmigrantes del mundo, a ser una nación desgarrada y con un tercio de su población en escapada.
Las razones de este abrupto cambio son harto conocidas. Justo cuando el tiempo y el peso de las evidencias desnudan las tropelías, cuando surge una esperanza real de cambio, al país lo sacude una de las peores tragedias naturales registradas en la historia. No fue un terremoto de alto impacto; fueron dos, separados por apenas 39 segundos. Nos azotó una fuerza descomunal de la cual tardaremos muchos años en recuperarnos. Nos golpeó en el alma.
El foco de la destrucción ocurrió en Vargas, en el mismo lugar que fue arrasado por un descomunal deslave en diciembre de 1999. Creíamos superado ese amargo trance de aquellos lodos, pero es evidente lo poco que aprendimos y un nuevo desastre nos sorprende sin capacidad de respuesta y mitigación.
Hay dolores compartidos y hay dolores particulares. Es difícil imaginar y cuantificar las desiguales complicaciones vividas por cada uno de los afectados. Niños y adolescentes huérfanos, otros que perdieron sus escuelas y a sus amigos, padres que perdieron a sus hijos, parejas que perdieron a sus compañeros de vida. Reinan en el ambiente sentimientos de culpa, rabia, arrepentimiento, incredulidad, soledad y tristeza; esta amalgama de emociones se combina con los olores que se respiran por estos lares. El tamaño de los daños aún está por conocerse. Uno se entera a través de allegados y amigos de que las dimensiones son de imponderables profundidades. Familias completas enterradas en los escombros, otras con algunos milagrosos sobrevivientes, muchos aferrados a la fe de que los suyos sean rescatados con vida. Mientras tanto, el inclemente tiempo disminuye las ilusiones. Además, están las pérdidas patrimoniales nada despreciables en un país con una población empobrecida. Millares de damnificados en carpas y otros provisionalmente arrimados con amigos y familiares. La tragedia no ha pasado, está pasando. Miles de historias con rasgos desgarradores.
La historia esconde sus curiosidades. En medio del deslave del noventa y nueve, el otrora incipiente régimen de Venezuela estaba empeñado en adecuar la constitución a su hoja de ruta. La tragedia pasó a un segundo plano; la prioridad no era la desdicha de la gente, sino la aprobación del proyecto de la nueva Carta Magna. El oficialismo desestimó lo que estaba ocurriendo mientras alentaba a la gente a seguir votando. Veintisiete años después, durante los eventos del 24 de junio, los entes oficiales intentaron disminuir el impacto de lo ocurrido. Las denuncias de la prensa extranjera, de los socorristas internacionales, de las redes sociales y de los ciudadanos comunes sobre la ausencia de reacciones de los cuerpos de seguridad y defensa civil son escalofriantes. Muchos de los voluntarios expresaron que fueron víctimas de obstrucción de sus ayudas y hasta de amenazas. Los primeros rescatistas fueron los familiares, vecinos y voluntarios desprovistos de conocimientos y herramientas, pero dotados de corazones valientes y de desbordante humanidad.
Hay otros hechos curiosos que se deben destacar. La fecha del desastre coincidió con la conmemoración de la Batalla de Carabobo, el Día del Ejército Bolivariano y las tradicionales fiestas de San Juan Bautista. Esta última es una de las festividades más vibrantes y coloridas del país, declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO. Estas conmemoraciones se celebran con mayor efusividad en las zonas costeras con bailes y tambores afrodescendientes. ¡Qué calamidad!, unas horas antes del desastre el pueblo festejaba con alegría. Al ser un día de asueto, el litoral guairense estaba abarrotado.
El saldo estimado se ubica entre 10.000 y 30.000 muertos; entre 75.000 y 250.000 personas damnificadas o sin vivienda. Estos indicadores varían dependiendo de las estimaciones de organizaciones de rescate que se consulten.
Las cifras oficiales hasta la fecha de esta publicación son las siguientes:
- El número de muertos en la zona norte de Venezuela asciende a 4.930.
- La cantidad de heridos y personas sin vivienda se mantiene en 16.740 y 17.907, respectivamente.
- Asimismo, el reporte indicó que las autoridades han atendido a 128.324 familias, mientras que hay 21.210 personas en 107 campamentos transitorios.
- Se indica que hay 856 edificios afectados por el doble terremoto de magnitud 7,2 y 7,5 del pasado 24 de junio, de los cuales 190 colapsaron.
De acuerdo con datos de las Naciones Unidas, esta dupla de terremotos deja daños por 37.000 millones de dólares y miles de personas sin hogar. De acuerdo con Euronews, hay más de 68.000 personas desaparecidas en Venezuela tras los devastadores sismos. Toca esperar para tener cifras reales.
El país está sumergido en un duelo colectivo. Estos eventos nos afectan a todos, a unos con mayor huella que a otros. Ojalá y estos sucesos marquen dos hitos en nuestra historia: el primero, el fin de una era oscura; y el segundo, el del renacimiento nacional.
La doble sacudida de Venezuela se ha dado en dos planos y en dos tiempos diferentes. La primera sacudida es la funesta y premonitoria inauguración de la mal llamada “Quinta República”, signada por el deslave de Vargas, cuyo lapso acumula veintisiete años. La segunda, la terrible dupla sísmica, separada por treinta y nueve segundos, el 24 de junio de 2026.
Las situaciones extremas exponen lo mejor y lo peor del ser humano y esta ocasión no es la excepción a la regla. Es imposible e improcedente pasar la página, hay innumerables y complejos traumas que necesitan ser procesados. Tiempo al tiempo.
Dios nos conceda una nueva época, en la cual el rumbo de este país sea reparador y que deje profundos aprendizajes para no cometer los mismos errores.
Cosme G. Rojas Díaz
18 de julio de 2026
@cosmerojas3

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