Emocionalidad versus racionalidad

Creemos que la razón nos gobierna y no nos damos cuenta de que son las vísceras las que mandan. El manejo de la autoridad es una muestra histórica de como las emociones son determinantes en la toma de decisiones. A través de las diversas épocas se observa como los impulsos se han impuesto a las neuronas. Alardeamos del progreso humano, pero en el manejo de la emocionalidad seguimos siendo igual de básicos.

Una emoción es un conjunto de respuestas automáticas, neuroquímicas y hormonales que nos predisponen a reaccionar de cierta manera ante un estímulo. Un sentimiento es la suma de una emoción con un pensamiento complejo. Los sentimientos son de carácter más duradero y profundo que las emociones.

En la gestión del poder pesan más las emociones y los sentimientos que los análisis estructurados. Entender estas conductas conduce a ahondar en la naturaleza de los conflictos humanos.

Las emociones nos hacen arrebatados. La gente se hace posesiva más impulsada por deseos y miedos que por necesidades reales. Sin embargo, la racionalidad es presumida, por eso a nadie le gusta quedar en evidencia. La cordura crea ropajes para justificar el ímpetu.

Es fatigoso admitir que algo disgusta sin comprender el porqué. Los prejuicios carecen de fundamentos lógicos y obedecen a sentimientos enquistados. El asunto es que nos aferramos a las ofuscaciones y cerramos la mente a otras posibilidades. Nos resulta difícil entender que interactuamos con otras personas con otras experiencia, filtros y distracciones. Digerimos los estímulos con suposiciones etiquetadas como verdades. Nos resulta espinoso cuestionar nuestros pensamientos y el origen de nuestras emociones.

Es útil considerar las emociones básicas: felicidad, ira, tristeza, miedo, asco, sorpresa. Resulta ventajoso pausar para identificar cuál de ellas está presente en cada situación.

Tanto las emociones como los sentimientos causan impacto agradables o desagradables y eso no significa que sean buenos o malos. Son lo que son y cumplen funciones vitales. Aunque etéreos son influenciados por ideas reales o imaginarias. Las percepciones se forman con las experiencias y a veces se enquistan como prejuicios para etiquetar situaciones. Conviene recordar que estos procesos ocurren de manera independiente en cada individuo; no tienen un porqué para estar en sintonía. Estas discrepancias hacen compleja la fluidez en las comunicaciones.

Otro factor que es preciso mencionar es que nuestro cerebro está más propenso a la distopía que a la utopía, por el sentido ancestral de la supervivencia. Aunque nos gusta sentirnos felices reaccionamos de manera natural a estados de alertas. El problema no está en la respuesta; sino en no desconectarnos, bien sea por que ha pasado el peligro o porque este nunca existió.

En resumen

Si aprendiéramos a reconocer, respetar y gestionar nuestras emociones y sentimientos daríamos mayores énfasis a los valores del espíritu. Alcanzaríamos un elevado nivel de comunicación con nuestro fuero interior y con nuestros semejantes.

Es primordial reconocer si una situación nos hace sentir bien o mal, luego precisar la emoción o el sentimiento. Quizás apreciamos que un determinado evento nos hace sentir incómodos, pero eso no es suficiente, es necesario clasificar la emoción o el sentimiento. Si, alguien nos ignoró, eso puede ocasionar ira o tristeza. En el primer caso la respuesta puede ser cargar contra el agresor y la segunda podría golpear la autoestima. Así, de cada desglosé se derivan una diversidad de posibles respuestas, pero además haciendo un ejercicio de salir del yo y viajar a las posibilidades del otro.

A las emociones, sentimientos y la racionalidad conviene darles su lugar. Nunca desatinarlas, pero someterlas al escrutinio racional de sus raíces con el propósito de entenderlas y luego actuar en consecuencia.

Cosme G. Rojas Díaz

20 de septiembre de 2026

@cosmerojas3


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